CUANDO NUESTROS AFECTOS NOS DESBORDAN

10.05.2021

"Utiliza en la vida los talentos que poseas.

                                               El bosque estaría muy silencioso si sólo cantasen los pájaros que mejor lo hacen"

Henry Van Dyke
- Escritor, clérigo y docente estadounidense-  

A nivel humano, pocas cosas requieren una inversión de recursos tan grande como saber regular nuestros afectos cuando éstos nos desbordan. En el día a día existen infinidad de motivos capaces de influir en nuestro equilibrio emocional, si bien es cierto que algunas personas logran autorregularse de manera más eficiente que otras con menor esfuerzo. Más allá de las diferencias debidas al temperamento y el carácter de los individuos, conviene ser conscientes de las ventajas que supone potenciar esta competencia en nuestro repertorio personal. Saber identificar cada emoción y comprender su significado, es el paso previo para gestionarlas y conseguir que nuestras relaciones profesionales sean más satisfactorias. En el ámbito laboral, un simple mal gesto o un comportamiento inapropiado puede poner fin a un proyecto en el que se ha venido trabajando duro desde tiempo atrás. Y lo mismo sucede con la química de las relaciones personales...

En tanto que mecanismos evolutivos que facilitan la adaptación al medio y la supervivencia, las emociones aparecen como respuesta súbita a los cambios que se producen en nuestro entorno. Si dejamos que éstas tomen el control de nuestra persona, si somos incapaces de sustraernos a su vehemente dictado, nuestros objetivos pueden verse comprometidos. Todo el mundo hemos dicho, o hemos hecho, algo en alguna ocasión de lo que luego nos hemos arrepentido. En un inesperado "arranque de nervios", dejamos de ser dueños de nosotros mismos y elevamos la voz a un compañero, nos bloqueamos a la hora de hablar en grupo o proferimos un demoledor ataque personal sin dimensionar sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. En otro momento distinto, bajo el influjo de la tristeza, adoptamos por sistema una actitud pasiva y derrotista que traslada una imagen de nosotros excesivamente vulnerable. O prorrumpimos en llanto en el momento más inoportuno. Si sentimos menoscabada nuestra autoestima de forma habitual, podemos decidir abrazar sistemáticamente una filosofía personal más agresiva. Lo cual consigue únicamente despertar el recelo y el rechazo de aquellos que nos rodean. Y así, hasta miles de posibles combinaciones.


El verdadero riesgo de no saber gestionar nuestras emociones, reside en que algunas de ellas pueden llegar a plasmarse en un estilo emocional determinado, dejando un poso negativo para nuestra salud tanto a nivel personal como social. Por ejemplo, a nivel corporal, sentirnos permanentemente airados puede comprometer el funcionamiento hepático y biliar además de provocar una disminución en la respuesta del sistema inmune. La tristeza sostenida correlaciona con inoportunas futuras cardiopatías. El peaje social que pagamos por ser considerados personas irritables, ansiosas o temibles es demoledor. Y muy costosamente reconducible. 

En el plano psicológico, confundir nuestra persona con las emociones que experimentamos, es algo habitual cuando nos convertimos en rehenes de nuestros afectos. A este respecto, es fundamental recordar que somos mucho más que aquello que pensamos y sentimos. Somos juez y parte de aquello que nos conmueve. Se abre ante nuestros ojos un prometedor camino de Esperanza: tenemos en nuestras manos todo lo necesario para convertirnos en seres humanos y, por extensión, en profesionales más dichosos y completos. 

La Casa de la Psicología Positiva